¿Hugo sabía leer?
Debo admitir que no fue agradable el estrechón de manos con el que le saludé a tan peculiar personaje. Pero es, simplemente, por mi aversión, a veces exagerada, a topar con mis manos cualquier superficie, objeto u otras manos que estén sucias. De todas maneras, sentí que debía ser educado al aproximarme a aquel hombre elegante , sentado en una de las bancas de cemento que están afuera de la catedral de Quito, en el corazón del centro histórico, la Plaza Grande. Le llamaré Hugo, aunque nunca le pregunté el nombre, pero es necesario no dejar en el anonimato al protagonista de este encuentro especial, en un mediodía de sábado en el centro de Quito. Entonces, la elegancia de Hugo, en realidad, no correspondía solo a este caballero, ya anciano, de cabello gris, frente amplia, arrugada y bronceada, quizá por el sol permanente que recibía en la calle. Su semblante era de un hombre agotado y melancólico, sobre todo por la expresión de sus ojos adormilados. Parecía que soportaba una buena ...