Se acabaron las vacaciones
A ellos se le impregna nuestro olor; a nosotros se nos impregna su ternura.
Ellos nos quieren porque somos su lugar seguro; nosotros les queremos porque nos sostienen con su lealtad.
Me pone triste entrar a mi cuarto ahora, domingo de noche, terminándose mis vacaciones. Porque la cama está vacía; ya se fue la Celeste con su madre, después de dos semanas de haber estado conmigo.
Fueron dos semanas hermosas. Descansamos, caminamos, jugamos, nos acompañamos, vimos películas, fuimos al mar para que la Chele conozca, viajamos juntos, gozamos las vacaciones.
Por eso me entristece este preciso instante. Porque el depar está en silencio. Aunque la Celeste es calladita, su presencia cerca ya genera una resonancia indescriptible de tranquilidad. Por eso pesa el silencio ahora.
A veces no entiendo por qué los afectos son así. Por qué nos dan el placer de sentirnos queridos y de querer a alguien, pero también nos provoca el dolor de los finales, de las ausencias, de la soledad, de la pérdida de los afectos. Porque el tiempo corre y se los va llevando. Nada es para siempre. O sea, transitamos la vida dispuestos a asumir pérdidas, cada una con diferentes efectos y significados, en una cuenta regresiva de la propia existencia que no sabemos si está cerca de terminar.
Pero ya estoy sonando como un filósofo barato. Solo me interesa dejar constancia de lo que siento al final de unas vacaciones que las disfruté. Tristeza momentánea y gratitud eterna con la Celeste por acompañarme a cumplir un sueño, por respirar junto a mí, adentro y hondo, alegrías del corazón.
La vida es siempre urgente, pero a veces podemos fingir que no lo es (tanto).
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