La vida en una manzana
El vecino barre su local, todavía cargando su maletín que lo cruza sobre su espalda, o sobre su barriga, depende de dónde se lo vea. Eso significa que acabó de llegar, porque esa imagen proyecta cuando está saliendo del restaurante o entrando a comenzar una nueva jornada. Pero es temprano, entonces no podría estar cerrando a esa hora.
Media cuadra más adelante se puede ver a un grupo de unos ocho adolescentes, trotando, todos vestidos de negro o tonos sombríos, deportivos. Cantan algo. Tal vez un himno o una consigna de esas musicales que suelen tener deportistas o gente que se dedica a trabajos de mucho esfuerzo físico. Algo así como los cantos militares o policiales que sus efectivos se aprenden de memoria durante su etapa de adoctrinamiento y disciplina que reciben en los cuarteles.
El grupo de adolescentes llega hasta la esquina y se detienen sus integrantes, que parece que bromean entre ellos. Quizá son amigos de barrio que están perdiendo el tiempo de una forma provechosa; o son amigos de colegio que tuvieron una pijamada la noche anterior en casa de alguno que vive cerca de esta manzana, y jugaron algo que planteaba la penitencia de salir, a la mañana siguiente, a correr por el barrio, cantando alguna canción ridícula. Perdieron tres, es decir, los que tenían que cumplir la penitencia, pero todos amanecieron con espíritu de cuerpo, medio policial quizás, y el grupo completo decidió salir a trotar y cantar.
En la siguiente esquina, alguien más canta. Es un transeúnte entusiasta que lleva en sus audífonos alguna canción que les inspira tanto para ir gritando la letra mientras sube por la avenida. No le importa si otros lo escuchamos, él va ensimismado en la melodía e interpretación de quién sabe qué artista. Parece que es en inglés, pero no logro distinguir.
En la panadería atiende una chica que no la había visto antes, me parece. Pero lleva el mismo uniforme. Camiseta negra y delantal negro con el nombre del negocio a la altura del pecho. No pasa nada relevante. Lo único diferente a la rutina que representa la panadería esta vez es que compro pan de chocolate. No siempre lo hago, pero tampoco es importante.
En la siguiente tienda que visito sí hay algo interesante. Nada extraordinario, pero sí la coincidencia de que el cantante de la esquina está en la tienda. Va a comprar un chocolate, pero la tendera le ofrece un pastel fresquito que está en la caja. Él no lo duda ni un segundo y dice que sí, que mejor se lleva un pedacito, mientras le habla algo intimidado a la cajera. Quizá le gusta. Puede ser que le esté coqueteando. Y cuando termina de pagar, le ofrece un plan de internet a la chica. “Hasta ahí llegó el Don Juan”, pienso. Tal vez su coquetería solo perseguía la intención de vender algo. O, quizás, fue una excusa inteligente de dejarle sus datos a la tendera para que luego puedan seguir en contacto hasta conquistarle, traicionarle y abandonarle, tal vez.
Afuera de la tienda, pocos metros cuesta arriba, dos taxistas discuten. Bueno, en realidad, uno le reclama airadamente a otro, alguna opinión o tontería que no le gustó escuchar. Hay tres choferes más, que fingen demencia. Pero se nota su incomodidad. Uno mira al vacío, arrimado en la pared contigua a la puerta de la mini oficina de la cooperativa; otro mira el celular, también apoyado en la fachada del lugar; otro se rasca la cabeza mientras observa hacia la calle por donde camino yo, por eso yo solo observo un poco de reojo y no puedo concentrarme a escuchar sobre qué es la discusión.
En qué momento comienza la bronca, me pregunto. Porque el más molesto de los dos que pelean, sube cada vez más el tono y la beligerancia de su actuar frente al colega, quien parece querer retractarse porque su tono es liviano y su semblante, apoyado en el marco de la puerta, se ve disminuido.
Cruzo al parque Perú, ubicado al frente de la cooperativa, mientras veo si la Celeste hace caca, pero también sigo pendiente del altercado de taxistas, pero no pasa a mayores. El indignado, vestido con pantalón de tela verde aceituna y saco turquesa de lana, termina su intervención mientras se va subiendo a su taxi, mientras el otro sigue cabizbajo, él con aspecto más informal: gorra roja, camiseta polo azul desgastada y jean. Intenta no mostrarse completamente derrotado por el sermón del otro, pero sabe que quizá sí dijo alguna tontera que merecía un estatequieto.
Más arriba, luego de cruzar el parque Chile, un guardia camina con parsimonia desde la otra esquina. Es un negrito que siempre está correctamente uniformado para su rutina: gorra negra, camisa celeste, pantalón negro. En sus zapatos no me he fijado. Es muy serio y circunspecto. Qué horrible es esa palabra. Mejor, es riguroso, al parecer, por la forma en la que me vio, con una concentración rígida para analizar mi perfil en pocos segundos y estar alerta si tiene que actuar desde su competencia de vigilante del edificio por donde circulo con mi perrita. Obviamente, paso de largo porque no soy ningún delincuente, mientras siento esa mirada que no juzga pero sí advierte que alguien muy profesional tiene que estar alerta de la gente que camina por la zona, ya que en estos tiempos cualquiera puede ser sospechoso.
Igual siento un poco de lástima. Me imagino que debe ser pesado tener que estar diez, doce horas en esa rutina, la mayoría de días de la semana, del mes, del año, de la vida. O puede ser que a él le guste. Tal vez se imagina historias de todas las personas que ve cada jornada y su mente se entretiene con los chismes, tragedias y anécdotas que se inventa, mientras otra parte de su cabeza no deja de estar vigilante a cualquier amenaza en el entorno. Pero si yo estuviese en los zapatos de ese guardia, quizá me ganaría la desesperación por el aburrimiento, aunque podría intentar, precisamente, lo que el negrito tal vez hace para aguantar esa peculiar rutina. Quién sabe.
Quién sabe, también, cómo serán mis papás cuando la vejez ya se manifieste completa en su vida. Pienso eso mientras veo a una señora, anciana, bajar de un carro para entrar en la peluquería de la esquina a la vuelta de mi casa. La viejita avanza a paso lento y yo también camino despacio, atento si por si acaso necesita ayuda para no caerse. Pero se mueve segura, mientras su marido, supongo, un señor de cabellera completamente blanca, también mira a su mujer que ya traspasó la primera de dos puertas que le llevan hasta el salón de belleza; qué frase para más cliché es esa para denominar a una peluquería, pero es la manía de no ser redundante.
Mientras la señora se acerca a la segunda puerta, con pasos muy cuidadosos para no resbalar ni tropezar sobre un piso de concreto con ciertas irregularidades pequeñas, imagino a mi mamá en una situación similar, entrando donde la Evita, su peluquera de toda la vida desde que yo me acuerdo. Quizá va a llegar a esa etapa, la de caminar con extremo cuidado y lentitud para evitar un accidente que pondría en riesgo su vida en situaciones ordinarias, como ir a peinarse “en el salón”, como alguna vez mi papá se refirió al negocio de Evita. Ojalá él también siga cerca de ella para que se acompañen en su vejez.
Después de curvar la esquina, en el penthouse de un edificio algo deteriorada están un hombre y una mujer. Mi mente prejuiciosa me hace pensar que podrían ser delincuentes. Por el aspecto del tipo, que está con un bibidí (¿se escribe así?) negro, y con gorra, pienso que podría pertenecer a alguna banda de asaltantes o narcotraficantes, como Los Lobos o Tiguerones. No sería absurdo que sea verdad porque ahora esos criminales andan en cualquier parte de este país, cerca de donde vivo se supo que se apropiaron de una casa entera para vivir y operar desde ahí; en el mismísimo y exclusivísimo barrio de la Guangüiltagua.
El tipo mira desde la ventana del penthouse hacia la esquina, junto a la mujer que también aparece en la escena, pero apenas con su cabeza en el borde inferior de la ventana. Parece que ambos esperan a alguien o que ocurra algo. Y enseguida entra en la calle un carro en contravía y yo me pongo nervioso porque a pesar de estar atento a personas con las que me cruzo y las escenas que proyectan, también me acecha el miedo de que de una moto o de un carro se bajen asaltantes a secuestrarme, asaltarme o matarme. Eso, para mí, ya se ha vuelto una costumbre en este país y en esta ciudad, sobre todo porque ya sobreviví dos experiencias desagradables.
En el Aveo gris que entró a la calle en dirección incorrecta está un hombre que va dormido sobre el asiento de copiloto. Me doy cuenta porque el vehículo baja la velocidad, entonces mi pánico aumenta porque pienso que podría estar frenando porque el conductor se va a bajar a secuestrarme. Pero eso no ocurre. Solo da la vuelta al carro para que se posicione en la dirección correcta que corresponde a la calle y se estaciona frente a una de las casas que están en la cuadra.
Pienso que tal vez el conductor trabaja con los del penthouse, que, quizá, le esperaban a él, que llegue con el chico escopolaminado y les entregue para que lo mantengan secuestrado y llamar a sus familiares a pedir dinero para su rescate. La Celeste, mientras tanto, olfatea los arbolitos de la vereda por donde transito fantaseando.
El conductor del carro se baja y regresa a ver hacia donde estoy; yo me doy la vuelta y sigo caminando. Es un gordo de camisa rosada. Regreso a verlo otra vez, y aunque cada vez le observo más lejos lo imagino como un prospecto de integrante de la mafia que solo está cumpliendo un mandado.
Alcanzo a ver que timbra en una casa y otra vez mira en dirección hacia mí, aunque enseguida le ve por la ventana a su acompañante en el lado derecho del auto, es decir, al tipo que duerme plácidamente, mientras el gordo dirige su mirada hacia la parte de arriba de la casa donde timbró, en un gesto que, intuyo, es de los que cualquier persona hace cuando no tiene respuesta al momento de timbrar a una casa donde quiere que le reciban, hacer una visita, dejar un encargo o entregar a un hijo que no llegó a dormir. Sí. Mi mente deja la paranoia a un lado y piensa que la persona que venía dormida en ese auto solo dormía después de una noche de jolgorio que se extendió hasta las primeras horas de la mañana, y que su amigo que tiene carro no lo abandonó y se hizo cargo de dejarle en su casa. Ojalá le hayan abierto.
Así fluye la vida en una manzana; vida que se despliega y multiplica en infinitas posibilidades, según lo que verdaderamente pasa en la existencia de las personas con las que nos cruzamos en una caminata, o según lo que podemos imaginar de ellas cuando las vemos. En otras palabras, salir a dar una vuelta a la manzana o caminar por la calle puede ser una fuente increíble de historias, verdaderas o basadas en imaginaciones reales.
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