Formas parte de mí, aunque no vuelva a verte nunca
Generalmente cuando iba a dejarle en su casa, la Celeste llegaba directo a comer. O se acostaba en la cama de su madre. O se instalaba en uno de los sillones de su sala. Una sala que también fue mía. Una sala de un hogar que fue mío, pero que ya no es, y del que me acordaba cada vez que estaba ahí, provocándome, últimamente, una nostalgia innecesaria.
Cuando la Celeste entendía que me estaba despidiendo para no verme algunos días, se desentendía de mí, inmediatamente después de darle un beso en su cabeza y decirle Te Amo. Pero este último domingo no se portó indiferente después del beso.
Más bien, se quedó firme, erguida. Me miró a los ojos con serenidad. En ese momento sí la sentí especial a esa mirada, pero me conmovió después, cuando caí en cuenta de que ese fue nuestro último contacto, a través de la mirada, mi manera preferida de conectarme con los animales.
La serenidad en el gesto de la Chele yo la interpreto como una forma de transmitirme tranquilidad. Porque ya no sentí esa ansiedad y tristeza momentánea que surgía cada vez que me despedía de ella. Más bien, interpreto que me decía que me vaya tranquilo, aunque en ese momento no estaba consciente de que iba a ser para siempre.
Pero en ese momento no me fui tranquilo del todo, porque hacía falta tomar la decisión. La decisión de soltar un vínculo que me sostuvo y contuvo para no rendirme después del final de una relación muy intensa, extensa y significativa, que no la había dejado ir del todo.
El azar es tan hermoso que, además de ese gesto con el que la Celeste se despidió de mí, también ese último domingo ella paseó con mis papás en el parque. Fue la única vez que ella y ellos vivieron esa experiencia juntos, y yo la tomo como una forma en la que la Chele dedicó su tiempo para despedirse de sus abuelos.
Los animales llegan a nuestras vidas con un propósito. Y conmigo, la Celeste cumplió el propósito de enseñarme a valorar el presente y a conectarme sensiblemente con los animales. Además, me ayudó a crear una rutina muy especial, de caminatas largas, en contacto con la naturaleza y en contacto con pensamientos, ideas y reflexiones que me sirvieron para seguir desarrollando formas creativas de representar mi mundo, esta cotidianidad en la que ya no va a estar.
O quizá nunca fue algo cotidiano; siempre fue extraordinaria la experiencia de compartir los momentos con ella, porque se estaba gestando su trascendencia, con la que va a atravesar el tiempo para convertirse en un recuerdo permanente de lo que significa la ternura. Por eso la seguiré sintiendo presente cada vez que me relacione con otros animales que me dan la oportunidad de vincularme con ellos, a través de la mirada, a través del trabajo que tengo y a través de esta sensibilidad única que la Chelo dejó instalada en mí.
Me enseñó, también, a cuidarme. De lo que me tengo que hacer cargo ahora. Dediqué todos mis esfuerzos para que ella esté bien, para atenderla de la manera en la que merecía, para ser responsable con el compromiso asumido para ser su padre. Y no voy a dejar de ser su padre, ni la estoy abandonando, como me dice mi cabeza en este preciso momento. Solo estoy asumiendo que todo termina, a veces con momentos planificados o provocados para acabar con algo, y a veces con momentos súbitos o espontáneos, para los que crees que no estás preparado, pero que la vida te pone con un: tómalo o déjalo.
Después de la decisión tomada, siento ahora la tranquilidad que me transmitió la Celeste con su mirada en nuestra despedida. Mi propia sabiduría y la valentía me dieron el impulso que necesitaba para decidirlo.
“Formas parte de mí, aunque no vuelva a verte nunca”, dijo Franz Kafka en Cartas a Milena, y justo me crucé con una publicación en redes con esas palabras sobre la imagen de un perro. Este algoritmo no descuida nada, y tiene razón. Necesitaba leer ese post para relacionarlo, inevitablemente, con esta situación, porque la Celeste forma y formará siempre parte de mí, aunque no vuelva a verla nunca.
Sé que a la nostalgia la sentiré a flor de piel durante un buen tiempo, quizá para siempre. Pero como siempre he dicho, la nostalgia es la manifestación de una memoria agradecida con la vida y sus momentos inolvidables como los que compartí con mi Cheleleste.
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