Fabián Zurita es inmortal

¡Cuál es el camino!

¡El esfuerzo!


¡Cuál es la meta!

¡La cumbre!


¡Aire!

¡Libre!


¡Sonrían!

¡Carajo!


Precisamente en estos días, cuando mi cabeza está con cierta preocupación por la pérdida de memoria, que comenzó con una angustia que ha ido calmando, me acuerdo de aquel grito de guerra. No sé si está completo. Preferí no googlearlo porque es mejor dejar sentado lo que auténtica y espontáneamente me acuerdo de aquella época.


Yo tenía quince años. Era la edad máxima en la que el campamento Aire Libre admitía participantes varones, por lo tanto, fue la primera y única vez que me aventuré a vivir esa experiencia. 


Tengo muy presente el miedo con el que me subí al bus que me llevaría al lugar donde iba a estar tres semanas, incomunicado de mi casa, de mi familia, cuando todavía era un adolescente inmaduro, apegado aún al afecto de mis papás, sobre todo; un guambra mimado, en otras palabras. Así que con ese antecedente, me atreví a desafiar mis propios y absurdos límites mentales, para enfrentar el reto que implicaba el Aire Libre. 


Nunca olvidaré que la experiencia no tardó en ponerse interesante, porque en el viaje hacia el campamento hice mi primera amiga. Se llamaba Johana, una niña que se sentó a mi lado y conversamos todo el trayecto. A esa altura de la vida no estaba acostumbrado a hacer amigas, porque estaba en un colegio donde estudiábamos solo hombres. Mi timidez para hacer nuevas amistades siempre ha sido algo innato en mí, pero en esa época era mucho más y peor aún para tener nuevas amigas. Conocerle a Johana fue posible gracias a ella, quien comenzó la conversación.


El campamento es en La Merced, una parroquia en las afueras de Quito, al sureste. Cuando llegué volvió mi miedo y algo de sufrimiento. A pesar de que ya me había encontrado con algunas primas y primos que también fueron a vivir la aventura, este guambra mimado ya comenzaba a añorar, así de rápido, la comodidad monótona de la casa.


Pero no tuve mucho tiempo para ceder al temor, porque a los pocos minutos de llegar, una voz aguda y algo estridente comenzó a convocarnos a todos quienes acabábamos de llegar. Era un señor flaco, moreno y canoso, que llevaba puesto un sombrero de ala pequeña, con pinta deportiva que no la recuerdo con exactitud y con un silbato en su mano, que lo llevaba en un cordón colgado a su cuello. Estaba parado sobre un podio en el patio del campamento, en la parte más alta, una posición ideal para el comandante de la aventura que estábamos por emprender. 


Apenas escuché su tono de voz tan peculiar, mi atención se concentró completamente en él. Era el famoso Fabián Zurita. Famoso porque en mi familia había escuchado algunos comentarios y anécdotas alrededor de él, sobre el campamento que organizaba o las experiencias increíbles que se vivían en la montaña gracias a su guía y liderazgo.


Al fin le conocía a Fabián Zurita y, como diría el gran Carlitos Michelena, “pensé que era de otra forma”. Su aspecto de hombre anciano, principalmente por su delgadez, arrugas en el rostro y cabello blanco, resultó absolutamente contrario al Fabián que imaginé; un señor de contextura más corpulenta, sobre todo, y tal vez con apariencia de tener menos edad.


Qué equivocado prejuicio tuve. En realidad, cualquier prejuicio es equivocado, porque es una mala costumbre que tenemos los humanos. Prejuzgar o suponer por apariencias. Eso me pasó con el Fabián Zurita, pero qué agradable fue aprender de él desde ese primer aspecto, a la vista algo superficial, aunque, en realidad, siento que fue algo muy profundo, porque desde ese personaje tan particular que lo imaginé de otra forma, siempre salieron palabras enérgicas, cargadas de una sabiduría maravillosa, cultivada por Fabián en su experiencia de montañista.


En ese primer llamado a los cientos de participantes que estábamos comenzando el Aire Libre en su edición del año 2001, el líder nos dio la bienvenida y no tardó en dar las indicaciones generales para permanecer en el campamento. No recuerdo con detalle todo lo que nos dijo, pero sí tengo presente el sufrimiento que comencé a sentir cuando Fabián explicaba que teníamos que acomodar nuestros aislantes y sleepings sobre los pisos de madera de las cabañas grandes que estaban listas para recibirnos; que los baños eran dos letrinas, una para hombres y otra para mujeres, las cuales debían quedar limpias después de usarlas, para lo cual contábamos con baldes de agua y palas para echar tierra en esos orificios que recibían nuestros desechos. Además, no existían duchas. Para bañarnos teníamos que esperar cada fin de semana, cuando íbamos a un balneario público cercano para asearnos.


“El Zura”, como mucho le decían a manera de sobrenombre, también explicó la manera en la que se distribuían los tiempos de comida, de descanso y de algo de esparcimiento, pero lo más importante para él eran las actividades previstas para aprender a forjar el carácter y mantener exigido a nuestro cuerpo. Ahí fue cuando nos enseñó aquel grito de guerra que nunca me he olvidado, que lo repetíamos como una oracióo cada mañana, cada noche y cada momento en los que nos reuníamos entre las diferentes patrullas que conformaban al campamento. 



¡Cuál es el camino!

¡El esfuerzo!


¡Cuál es la meta!

¡La cumbre!


¡Aire!

¡Libre!


¡Sonrían!

¡Carajo!



Si tengo que definir la imagen más conmovedora que me quedó del Fabián y de aquel campamento al que me atreví a ir, es una que evoco de apenas el segundo día, o el primero en el que amanecimos en La Merced. El silbato del líder nos despertó aún de madrugada, creo que un poco antes de las seis de la mañana, cuando la oscuridad todavía prevalecía. Aquel sonido bastaba para que todo el campamento tenga que levantarse inmediatamente y llegar al patio, frente al podio, para formar filas de las patrullas y escuchar las instrucciones de la jornada. El sueño, el frío o cualquier incomodidad debían desvanecerse, sí o sí, para enfrentar la jornada que comenzaba.


La consigna de ese día era correr o trotar cerca de diez kilómetros, desde la sede el campamento en La Merced hasta Guangopolo, una parroquia de la misma zona en los exteriores de Quito. Mi memoria recuerda que padecí aquella prueba; sudé mucho, me asfixié por no saber respirar como verdadero deportista, tuve náuseas, tuve que frenar en varios momentos para recuperar el aliento, pero completé el trayecto. 


Mi experiencia de esa primera jornada fue muy similar a la de muchos en el campamento, quizás a la de la mayoría, menos para Fabián, quien al llegar a la meta del recorrido no se detuvo, siguió trotando en tramos cortitos dentro de la zona a la que íbamos llegando los exhaustos corredores. Y aquel supuesto viejito, al que jamás le imaginé de esa forma, nos sorprendió con la orden que teníamos que volver de la misma manera en la que llegamos, mientras emprendía con energía y convicción su corrida de regreso. Desde ahí fue cuando en mi cabeza se erigió la figura de un personaje de energía inagotable, de esos que parecen invencibles frente a cualquier adversidad, que parece que nunca van a morir.


Pero Fabián Zurita acaba de morir. Falleció el día de su cumpleaños, al llegar a los noventa y dos. Esa coincidencia hace pensar que el azar hizo que su vida sea circular, que su existencia física terminó justo un día en que completaba un aniversario más del inicio de su vida. Algo que suena perfecto, con una sincronía especial y llamativa, como muchos ciclos de la naturaleza que tanto amó Fabián.


Con la noticia de su muerte, mi memoria se activó de forma emotiva. Tuve ganas de llorar por la nostalgia que sentí de aquella experiencia que la viví apenas una vez, pero fue suficiente para tenerla entre mis recuerdos más significativos de la adolescencia. Porque experimentar el Aire libre fue descubrir una forma nueva de relacionarse con el mundo, a través del ascenso de las montañas que esconden siempre un misterioso encanto, así como de la exploración de cada entorno que las compone.


En esa experiencia aprendí, especialmente, que la naturaleza puede convertirse en escenario de innumerables desafíos, deportivos y emocionales, cuyo camino siempre va a ser el esfuerzo, aquel que Fabián Zurita inculcaba desde la perseverancia para afrontar cada reto y desde la coherencia para asumir la vida con mucha sensibilidad por lo natural y con menos prioridad para lo material. Además, todo desafío tiene una meta, una cumbre por alcanzar, que puede ser la que a la que llegas con travesías duras y reconfortantes como las que viví en el campamento bajo el liderazgo de Fabián, o las que significan pequeños logros constantes que tu cabeza te plantea conseguirlos constantemente.


Mis hermanas, mis hermanos, mis papás no se olvidan del estado en el que me encontraron cuando me fueron a ver al terminar el campamento. Desperté mucha compasión en ellos, porque aseguraron que me vieron demacrado y con un semblante muy debilitado. Aunque el día anterior había sufrido con un problema repentino del estómago, yo me sentía bien, totalmente diferente a lo que proyectaba mi imagen ante mi familia. Aire libre me dejó una sensación de fortaleza interior, como resultado de haber aprendido a perseverar con esfuerzo para coronar algunas montañas como el Pasochoa, Sincholagua y Rumiñahui; para sobrevivir a una noche durmiendo en la intemperie del páramo, algo de lo que no me sentí capaz de aguantar, como lo pensé cuando escuché a un primo contar sobre aquella experiencia; y para vencer los miedos innecesarios e involuntarios que sentí al inicio del campamento. 


Pensé que Fabián Zurita era inmortal y esta vez no me equivoqué, porque no es un prejuicio sino una presunción. Y es una presunción fundamentada en lo que dejó este personaje en miles y miles de personas que tuvimos la suerte de conocer, de cerca o de lejos, esa forma tan auténtica, sensible y noble de sentir la vida en su máxima expresión.


Descansa en paz, maestro de maestros. Gracias infinitas por tu legado que será eterno como las estrofas de tu himno:


La luz de la mañana nos invita a caminar y a contemplar.

Y el sol está encendiendo en nuestras almas, el ideal, el ideal.

De siempre juntos subir a las cumbres, para luchar, para triunfar.

Y así, forjar un mundo de justicia, de amor y paz; de amor y paz.


Aire libre, vamos a cantar.

Aire libre, vamos a cantar el himno alegre de feliz fraternidad.


Aire libre siempre será nuestro ideal.

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