#CINE | El vals de Rosa (que lo bailamos muchos)

Qué bien le va a Sebastián Cordero con la voz en off. Suena honesto, directo y sencillo en su forma de relatar u opinar. Creo que las historias le ayudan; primero fue con Más allá de la niebla, el retrato que le hizo al montañista Iván Vallejo, y ahora con El vals de Rosa, otro retrato que hace a la señora que trabajó como empleada en su casa de infancia, su nana, su segunda madre.

Pero este nuevo documental de Sebastián no es solo un retrato de Rosa; es también de la historia de su familia, a través de una larga conversación, como lo describió Manolo Sarmiento, el moderador de la charla al final de la proyección de la película.

El vals de Rosa es un gesto de pura nobleza y gratitud que el director tiene para la protagonista. Un gesto enorme y necesario para darle el lugar que se merece a una mujer que entregó su vida para cumplir el rol de segunda madre de Sebastián, de su hermana Lorena, su hermano Juan y su hermana Viviana. Y esa denominación no responde al cliché que suele atribuirse a quien hace méritos para que se le considere así; Rosa verdaderamente asumió su trabajo con tanta responsabilidad que se transformó en amor de madre, y Sebastián representa esta cualidad de manera precisa a lo largo de todo el documental, a través del testimonio tan auténtico de la protagonista. 

Antes de comenzar la película, el director expresó su emoción de presentarla; su voz incluso se quebró en un momento cuando se refería a Rosa, y me imaginé lo hermoso que se debe sentir el tener hecha una obra de esa trascendencia. Porque siento que el arte es un proceso maravilloso que la vida pone a nuestra disposición para expresar los sentimientos profundos y trascendentes de la existencia. Quizás no es su única función, pero sí una de las posibilidades que pueden aprovecharse desde las diferentes manifestaciones artísticas.

Sebastián Cordero, además, dijo antes de la película - no literalmente- que esperaba provocar algo de identificación del espectador con la historia que estábamos por ver. Yo intuí que de eso no había duda y que fue una expresión de humildad por parte del cineasta más importante que tiene Ecuador, desde mi punto de vista. 

Y así mismo fue; El vals de Rosa es un documental que se lo siente como una representación de muchas vidas familiares en sociedades occidentales, donde la figura de la empleada doméstica es imprescindible. El papel que cumplen estas mujeres se vuelve crucial en el cuidado de los pequeños y pequeñas de la casa, en los oficios cotidianos para poner en marcha un hogar, en el testimonio de la historia de la familia. 

Pero la presencia de la empleada o nana en la vida de una familia también revela ciertas malas costumbres en la manera de tratarla, al relegarla de las fotos o registros de videos en momentos significativos, al demandar su disponibilidad ilimitada de horas de trabajo, al limitarle comodidades que el resto de la familia sí goza, como disponer de agua caliente. Y eso no lo esconde Sebastián; hace referencia a ese aspecto incómodo pero real, que fue parte de la historia que cuenta en la película, y que reafirma la sencillez de Rosa porque ella en ningún momento demuestra resentimiento o tristeza al respecto.

Más allá de la acertada forma en la que Sebastián y su equipo construyen el relato cinematográfico que sustenta la película, el valor más especial de El vals de la Rosa es su trascendencia emocional, que nace en la satisfacción indescriptible que debe sentir el director por lograr ese propósito de su vida, y que se traslada también al placer que uno siente como espectador mientras percibe la historia con ese ritmo tan dinámico que caracteriza a este documental.

Si el festejo de los (casi) ochenta años de Rosa fue el pretexto de Sebastián Cordero para grabar lo que se convirtió en documental, yo vuelvo a sentir la esperanza de que a esta vida no le faltan nunca excusas para contar historias inolvidables. Por esto amo el cine documental. 


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