#CINE | Aquí se escucha el silencio (y emociona el corazón)


¿Cuántas veces he visto películas que me conmueven? Muchas. Pero descubrir una obra maestra, casi oculta, en una pequeña sala de un cine independiente, con no más de diez espectadores, es un gusto indescriptible que solo se entiende con la experiencia de ver la película.


Esto me nace reflexionar después de mirar este documental de Gabriela Pena, artista del relato visual, cineasta de corazón profundo, mirada poética y memoria pretenciosa. Esto último, con un sentido noble de pretender, con mucha persistencia y maravillosa creatividad, darle a la historia de su familia la solemnidad que merece.


Es una película grabada de contemplaciones intensas, pero no necesariamente extensas. Son momentos de observación de personajes y ambientes que acompañan diálogos espontáneos o una narración de voz que se hace presente ocasionalmente. La locación del documental es Valparaíso, en dos casas esenciales de la familia de Gabriela, pero el escenario es el pasado de su madre y de sus tatas (abuelo y abuela).


Ella nació en Barcelona, España, en el exilio que su madre vivió junto a sus padres y hermano (o hermana, porque eso no se especifica), por culpa de la dictadura de Pinochet en Chile. Su intención de escudriñar la memoria familiar desde un relato cinematográfico es un tema frecuente en documentales, pero cada forma y cada tratamiento es particular, como en el caso de esta película en la que el hilo narrativo teje varios telares de relatos que giran alrededor de un hecho puntual: la persecución estatal que en los años setenta sufrió Sergio, el abuelo de Gabriela, por pertenecer al Partido Comunista de Chile; la razón por la que partieron a España.


Un montaje dinámico, que alterna entre registros de vida cotidiana, uso de material de archivo y escenas construidas con intención metafórica, articula un documental de nostalgia solemne. De esa forma la directora cuenta la relación matrimonial tan auténtica y amorosa de sus tatas, que bordea los sesenta años. También pone en escena una interpelación implícita y explícita hacia su mamá, respecto a la relación que ambas han tenido a lo largo de la vida, en el contexto que las circunstancias les obligaron. Además, hay un presente, el de Gabriela cerca de sus abuelos y en la casa de infancia de su madre, de donde tuvieron que irse para siempre y donde ella reconstruye el espacio para llevar su presencia a un lugar donde el silencio y la ausencia fueron impuestas.


No hay forma de describir la fotogenia de la película si la mirada de espectador no la percibe directamente. Sin embargo, es importante recalcar que este documental es una colección de planos hermosos de ventanas, de instantes sublimes que regala la cotidianidad y la paciencia de observarla, de diálogos que hacen llorar, de reflexiones con voz en off que complementan con precisión a las imágenes grabadas por la misma directora, lo que le da el valor especial a cada registro.


El abuelo y abuela de Gabriela escribieron sus memorias del exilio con el fin de publicarlas, aunque nunca consiguieron ese propósito. Pero su nieta no quiso que esos textos queden en el olvido y les convierte en otro recurso narrativo crucial de Aquí se escucha el silencio. No olvidaré que ante pregunta que Gabriela le expresa a su abuela sobre la razón por la que decidieron escribir, ella le explica que fue muy necesario hacerlo, porque en ese tiempo de torturas, persecuciones y desapariciones, “había el espíritu de no querer creer” lo que estaba sucediendo. Qué suerte tuvo la señora de tener una nieta cineasta que traslade a un lenguaje cinematográfico tan conmovedor, toda la emotividad contenida en la familia durante décadas.


Comentarios

Entradas populares