Enfrentar al caos o huir
Escribir por escribir hasta encontrar entre las palabras el alivio anhelado. Ya es una consigna imprescindible que en este momento le aplico, mientras viajo en el buseta de mi trabajo que me lleva de regreso a Quito.
Hoy es domingo. Hay un tráfico intenso en el camino. Una infinidad de carros suben por la única vía de ingreso a la ciudad y le hacen muy lento al viaje. Ya son más de las seis de la tarde, así que podría alcanzarnos la noche en esta congestión.
El caos me rodea. Mis compañeros y compañeras de viaje quieren cantar a todo pulmón el qué lástima, pero adiós de Julieta Venegas, yo escucho un mix de rock en mis audífonos. A ratos se me cierran los ojos. Mi cuerpo ya se está agotando porque trabajé desde ayer en la noche y apenas dormí unas tres horas.
Avanzó lento este texto, precisamente por es particularidad.
Me aturde tanto ruido disparejo, pero escribo por eso, con mi consigna, para convocar al alivio a través de mis palabras.
¿Estás jugando fútbol?, me pregunta una compañera mientras ríe. Es que dice que estoy cabeceando y que mejor me acomode bien para dormir. No sé qué es acomodarse bien en este recorrido que no lo odio, pero a veces me martiriza con este caos que hoy no lo quiero tolerar, que hoy me mueve a escribir para encontrar alivio
Tomo, para no enamorarme. Me enamoro, para no tomar.
Viene bien esa canción a mis oídos, que hace brotar un entusiasmo espontáneo que, parece, me quita el sueño. O el cansancio, mejor dicho, porque sueño no es uno solo, son muchos que quisiera que se hagan realidad.
Tomo, para no enamorarme. Me enamoro, para no tomar.
Canción de Bersuit, versión en vivo que amerita repetir. Hasta me da ganas de gritar como gritan las chicas de este viaje, pero prefiero mantenerme recatado por esta vez.
Seguimos en el tráfico. Avanzamos, pero muy lento y ya son las 18h27. El cielo aún está luminoso, pero en su límite, cuando está a punto de pintarse de ocaso.
Parece que las palabras sí están haciendo efecto. Parece que cierto alivio quiere instalarse. Una vista fotogénica repentina del horizonte, que se despliega en el parabrisas de la buseta, ayuda a encontrar la tranquilidad. Porque cuando el cielo sorprende con sus guiños de hermosura me levanta el ánimo. Incluso grabé un minuto de aquel momento, para registrar también un fragmento del caos que me rodea, que también puede tener sus destellos de espontaneidad interesante.
Al fin fluye mejor el viaje. Ya pasamos la parte crítica del tráfico, pero aún falta un tramo considerable del trayecto para bajarme. Creo que me iré en metro. Aunque no descarto hacer una caminata dominguera. Como siempre mi indecisión se manifiesta.
Para saber lo que es amar, hay que perder la libertad, y para mí eso no se llama amor.
Lo dice Turf, en una de sus canciones que también me tienta a cantar con toda la desfachatez posible. Pero mejor mantengo la calma, aunque ya con alivio pleno.
No me importa que el volumen alto en mis oídos con ¿Por qué no se van, no se van del país? se mezcle con el Voy a pedirte de rodillas que regreses junto a mí de los parlantes del carro, que se inmiscuye en mi escucha con caprichosa intensidad.
Es una circunstancia que me debería provocar al menos una pequeña molestia en la cabeza, pero mi cuerpo soporta, no se queja. Hasta el cansancio desistió de arremeter. Por eso aprovecharé para caminar, con Vivos, una playlist que tengo de canciones memorables en conciertos inolvidables.
Voy a la cocina, luego al comedor.
Miro la revista y el televisor.
Me muevo por aquí, me muevo para allá.
El Señor Cobranza siempre tan pertinente para cualquier momento. Porque te obliga a cantarlo con todo el ímpetu posible, como lo hace Gustavo Cordera y su público en la versión recital que suena en mi cabeza, mientras me doy cuenta que acabó la cháchara de afuera. Ya se bajó la compañera que le gusta ser DJ en los viajes.
Pero yo voy a seguir con mi jolgorio interno. Además del alivio, siento una energía inusual para estas alturas del día, de la semana y de la vida, quizás.
Son las 18h53. El cielo ya está en su última etapa de conversión a las penumbras. Es morado, muy oscuro, tal vez el color de la noche que tendremos ahora.
Tengo hambre. No sé qué llegaré a merendar a casa y considero la idea de comer algo afuera, para solo llegar a descansar. En ese caso será mejor optar por el metro para continuar con mi trayecto después del recorrido, pero no deja de tentarme la caminata. De esta manera tengo lidiar con mi indecisión constantemente, en casi todas las situaciones de mi vida.
Pero esta vez quiero sentirme decidido. Subiré al metro para llegar más pronto a mi casa y que el señor conductor también llegue más rápido a su hogar. Es domingo y ya llegamos a la estación.
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