Temblor

 Di tantas vueltas que me mareé. Perdí el norte, se desvanecieron el este y el occidente; aterricé en el sur, abajo, en un territorio inexplorado del mapa de mis sueños. Aquí el viento es ligero, la luz resplandece con un brillo inexplicable, y hay un río que atraviesa el bosque con una corriente muy tranquila, que apacigua a mi mente sobrepensadora.


El bosque es enorme. Hay miles de árboles altísimos que contornean a las nubes, y así dibujan un mosaico espléndido en el cielo. Son árboles con hojas que tienen forma de estrella que llegan hasta su copa. Algunas ramas desprenden unos frutos redondos que anhelo saborear, aunque no alcanzo a cosecharlos porque brotaron muy alto. 


Qué hermoso contraluz que se forma aquí. El sol flota con sus destellos entre las hojas, las ramas y los frutos, y yo alucino que me envuelve una constelación.


Hay un pájaro que silba una musiquita muy particular. Es una melodía breve, con un tono algo infantil, que con la cadencia que marcan mis pasos sobre la hojarasca del piso que recorro, más el complemento del susurro del río, origina una canción a la que nombraría Serenidad.


Y cómo me hace suspirar. Y cómo me hace temblar. Aunque parece que no soy yo solamente, porque los pájaros levantan vuelo desde sus nidos, de repente; el sinfín del bosque parece bailar y , sobre todo, comienzan a llover los frutos de los árboles, que solo un temblor habría sido capaz de sacudirlos así.


Siento que soy el mismísimo bosque, porque el viento se agita a la par de mi respiración. Suspiro profundo y una brisa acaricia las hojas y despeina a las aves. O, tal vez, soy la luz, porque esta sensación me entusiasma con la misma intensidad que tiene el resplandor de este sol que pronto llegará a la plenitud del cielo.


Llovieron tantos frutos, pero solo encuentro uno. Ya no es redondo como se les veía a todos los frutos desde abajo. Tiene una forma muy parecida a la de una mano, con divisiones que se despliegan como si fueran dedos abiertos, que quiere aferrarse a otra, y que yo no dudo en empalmar con mis dedos. Anhelo saborear el fruto, pero también disfruto sintiéndolo, acariciándolo.


Me estremezco y el piso pierde estabilidad; otro temblor agita este entramado de naturaleza profunda. Ya no caen frutos. Ahora vuelan las estrellas desde las copas y siento que esta constelación me sumerge, por un instante, en otro bosque, donde los pájaros son de todos los colores imaginables.


Sigo con el fruto en mis manos, sin detener la marcha que me lleva hasta el río. Por la vehemencia del sol siento un calor agradable, pero necesito refrescarme en el agua. Intuyo que al nadar en su corriente tranquila, al siguiente temblor lo sentiré liviano, porque simplemente estaré flotando, aferrado al fruto que no lo quiero soltar, mientras el río no deje de fluir.


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