Escribir por escribir para procesar el asombro
“Un poeta”, obra de Simón Mesa Soto, me dejó absorto. Inconscientemente siento la necesidad de escribir con palabras rebuscadas. Porque es parte de mi forma de expresarme, aunque yo mismo intente sabotearme con el menosprecio que, frecuentemente, atraviesa mi diálogo interno.
Pero si estoy consciente de esto, estoy también dispuesto a mejorar la conversación conmigo mismo. Quizá esa es la razón por la que tiendo más a ceder frente a la pulsión de muerte, que yo entiendo como una especie de placer que tenemos los seres humanos por asuntos que nos ponen tristes, pesimistas, desesperanzados ante la vida. Tal vez estoy perdido y a millones de años luz del significado preciso que la Psicología da a la pulsión de muerte, pero es lo que yo entiendo.
“Un poeta” me provoca esto. Simplemente escribir por escribir, pensando mucho en Óscar, el protagonista principal de la película; un don nadie para los estándares de éxito en el mundillo artístico que confiere prestigios con base en cantidades de obras que alguien puede ser capaz de crear, sea en el ámbito que sea. O con base en supuestas trascendencias que alguien denominado artista, por las llamada voces autorizadas de un determinado contexto literario, en este caso.
Es que Óscar “solo” tiene dos libros escritos en sus primeros años de poeta, como él mismo se denomina sin ninguna vergüenza, que realmente no debiera existir. Es un poeta que se dejó llevar por una vida bohemia que lo ató al un alcoholismo que le frenó y empujó al filo del abismo donde comienza la película. Digo abismo porque su situación le daba para saltar al vacío como rendición ante toda la adversidad que le aplastaba -casi- hasta la humillación.
Pero no se rindió. Óscar se agarró de una última oportunidad que tuvo para reinvindicarse por él mismo, para rescatarse desde su propia intuición y convicción de que podía trascender, inspirado especialmente por su hija Daniela, quien solo le tenía lástima, según sus propias palabras.
Entonces, como profesor de filosofía, que en realidad Óscar lo convirtió en materia de poesía, este personaje deja aflorar su más valiosa cualidad: la nobleza. Y a través de ella se propone valorar y dar resonancia al talento de Yurleidi (no recuerdo exactamente el nombre de esta protagonista, pero eso es lo de menos), quien escribe y dibuja con mucha creatividad en un cuaderno que para Óscar representa un descubrimiento notable, para buscar darle impulso en un festival de poesía que organiza la escuela de poetas donde él cuenta con espacio para divulgar su poesía.
Desprendido completamente de cualquier ambición y motivado absolutamente por una auténtica intención de ayudar a su alumna, Óscar encamina una historia que es poesía por sí sola. En realidad, aquí interviene el mérito de Simón Mesa, el cineasta que construyó esta película, con una dramaturgia exquisita, desde la honestidad de cada uno de los personajes. Además, hace una representación fiel, cercana, prácticamente íntima, de un Medellín cotidiano, donde se desarrolla la historia, donde se siente el contraste entre el contexto de la vida de clase media a la que pertenece Óscar, su familia y colegas, y la precariedad en la que sobrevive Yurleidi y su humilde clan, donde su padre está ausente desde que la adolescente de quince años era niña, su madre casi no está presente porque es empleada doméstica toda la semana en otra casa de la ciudad y su abuela lidera el hogar en el que proliferan los niños y niñas nacidas por embarazos adolescentes de las hermanas de Yurleidi. No es una apología del subdesarrollo, como suele ser el cliché de muchas películas latinoamericanas; es, simplemente, una recreación sobresaliente de esa atmósfera habitual que se respira en nuestros países.
Más allá de la identificación que un espectador de esta región del mundo puede sentir con el ambiente de la película, Óscar seguramente despierta identificación universal con cualquier ser humano. Es que es un personaje débil, soñador, perseverante, contradictorio, sensible, soberbio, noble; rasgos que toda persona puede tener, porque son particularidades que conforman la esencia imperfecta de lo que somos los seres humanos.
No pretendía hacer un resumen de “Un poeta”, ni el análisis cinematográfico de esta obra. Solo di rienda suelta a esta necesidad de escribir por escribir, que me surge casi todos los días, aunque hay razones más especiales como esta, para procesar el asombro que una película te provoca, para evitar que la impresión sea indescriptible si no fuera porque las palabras aún me despiertan la convicción de sentir que puedo seguir sosteniendo todo lo que quiero hacer en la vida, como Óscar pudo en ese fragmento de su existencia que lo inventó Simón Mesa en “Un poeta”.
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