¿Hugo sabía leer?

Debo admitir que no fue agradable el estrechón de manos con el que le saludé a tan peculiar personaje. Pero es, simplemente, por mi aversión, a veces exagerada, a topar con mis manos cualquier superficie, objeto u otras manos que estén sucias.


De todas maneras, sentí que debía ser educado al aproximarme a aquel hombre elegante, sentado en una de las bancas de cemento que están afuera de la catedral de Quito, en el corazón del centro histórico, la Plaza Grande. Le llamaré Hugo, aunque nunca le pregunté el nombre, pero es necesario no dejar en el anonimato al protagonista de este encuentro especial, en un mediodía de sábado en el centro de Quito. 


Entonces, la elegancia de Hugo, en realidad, no correspondía solo a este caballero, ya anciano, de cabello gris, frente amplia, arrugada y bronceada, quizá por el sol permanente que recibía en la calle. Su semblante era de un hombre agotado y melancólico, sobre todo por la expresión de sus ojos adormilados. Parecía que soportaba una buena resaca de una interminable noche de copas o de una extensa y pesada vida de penas. Vestía un terno plomo claro, casi pulcro en la medida de sus posibilidades, camisa blanca y corbata de un rojo anaranjado, con un sutil mosaico de líneas amarillas cruzadas. 


A la izquierda de aquel distinguido caballero, arrimado a su muslo izquierdo, descansaba y bostezaba un perrito sucio, al que la mugre le daba cierto aspecto de ternura. Podría llamarse Algodón, porque su pelaje parecía de ese material, cuya suciedad era consecuencia del trajín de la vida callejera. Aquella composición tan peculiar construía un cuadro elegante, ideal para fotografiarlo y para proponerle a Hugo que grabemos un video corto de él leyendo un relato patojo.


Con mi amiga Diana, noble mujer de iniciativas con sensibilidad única, estábamos en la misión de encontrar gente en ese sector de la ciudad, dispuesta a leer textos breves, escritos por personas que atendieron a una convocatoria que invitó a narrar, reflexionar o expresar libremente cualquier asunto de la vida en un texto. La iniciativa nació de ‘Corazones Patojos’, una cuenta de Instagram que exalta el poder de la palabra y honra a quienes le dan vida con poesía, reflexiones o relatos. Para eso nos acercamos a donde Hugo y Algodón. Queríamos que él sea uno de los lectores que pongan voz a los textos de Corazones Patojos. 


Después de saludar a Hugo, quien se puso de pie para darme la mano, otro perro de la calle entró en escena. Era blanco, de grandes manchas negras, o viceversa; más alto y fornido que Algodón, aunque algo raquítico y tenía un poco de alopecia en su lomo y se movía con un poco de cojera. Se notaba que la calle no le había tratado bien. Me ladraba mientras intentaba explicar a Hugo lo que necesitábamos de su parte. Yo no pude evitar los nervios de que me clavara un mordisco en la pierna, pero enseguida el hombre le calmó y le pidió que se aleje un poco.


Diana le entregó a Hugo la hoja impresa con los relatos seleccionados, indicándole que podía escoger cualquiera. Parecía que no escuchaba bien porque su mirada oscilaba en un vaivén entre el papel y los ojos de Diana; parecía muy confundido. Cuando ella terminó la explicación, el señor solo permaneció un par de segundos observando la hoja, se sentó otra vez en la agreste banca donde le encontramos y preguntó, con voz bajita y carrasposa: ¿Y qué costo tiene?


Yo le respondí enseguida, aclarándole que no nos tenía que pagar nada, que solo necesitábamos que lea uno de los textos frente a la cámara de mi celular. Sus ojos estaban concentrados en la hoja con los textos, aunque también me miraba de reojo, con cierta timidez o vergüenza. Algodón seguía bien acomodado sobre la banca, aún arrimado a la pierna de Hugo.


Diana le insistió al señor en que no tenía que pagarnos nada. Yo activé la cámara del teléfono, encuadré el plano frente a Hugo para que aparezca él, con la pierna izquierda cruzada sobre la derecha, luciendo una medias azules que combinaban bien con sus zapatos lustrados, quizá, un par de días antes, y leyendo junto a Algodón. Le dije que podía comenzar cuando deseara. Solo me asintió observándome aún con recelo, y se mantuvo durante varios segundos mirando fijamente a uno de los textos que tenía con sus manos arrugadas. No pronunciaba ni una sola palabra y, sutilmente, me volvía a ver de reojo de cuando en cuando. Algodón solo se rascaba las pulgas y bostezaba.


Cuando intuí que, tal vez, Hugo pensó que solo debía leer mentalmente, le pedí que lo hiciera en voz alta. “No, así nomás”, dijo, otra vez con voz bajita y carrasposa. Diana y yo solo nos miramos con la complicidad de estar de acuerdo en que también nos servía lo que estaba grabando en ese instante, por todo lo que habíamos descubierto frente a nosotros. 


El otro perrito callejero que acompañaba a Hugo volvió a ladrar y eso le hizo levantarse enseguida. Algodón hizo lo mismo.  Nos devolvió los papeles y agradeció. Un nuevo estrechón de manos para devolverle la gratitud y cortesía ya no me incomodó como al principio, porque más pudo el gusto de haber experimentado y registrado una escena tan inolvidable por lo que el azar nos permitió encontrar en aquella plaza, y tan conmovedora por la duda que nos planteamos con Diana un poco más tarde: ¿será que Hugo no sabía leer?


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