2 de mayo
Es viernes y el cuerpo lo sabe. Mañana me voy a México, al norte, pero suena La Exiliada del Sur, hermosa canción que Los Bunkers le interpretan con una versión muy buena. Canción que me recuerda tanto a Chile. Pero mañana me voy a México.
Que vaya a viajar me emociona, obviamente. Aunque no sé si será obvio emocionarse siempre para un viaje; en mi caso siempre ha sido así, exceptuando viajes de trabajo que, quizá, no eran para entusiasmarse tanto. El de mañana es un viaje de trabajo, pero sí me emociona, quizá porque a este trabajo a veces no le siento como trabajo, sino como una forma de vida, tal vez.
Donde sí siento que trabajo es en casa, cuando tengo que lavar platos o limpiar la cocina, como lo que tengo que hacer en este momento, alternando con escribir esto. Aún no comienzo a hacer la maleta, pero siento que tengo todo el tiempo del mundo. Como no dormiré para ir al aeropuerto, quizá siento que va a ser un viernes eterno. Espero que sea así porque estoy con la Cheleste.
Mañana me voy de viaje y pienso en el Triángulo de las Bermudas, que en mi cabeza es una imagen. Una imagen misteriosa, tal vez algo siniestra. Es un gran plano general, hablando en términos de cine, que se proyecta desde una mirada que vuela, o que observa desde la ventana de un avión. Se divisa el mar, inmenso, cuyo movimiento le hace oscilar entre un azul muy oscuro y un negro profundo. Sí es una mirada que observa desde la ventana de un avión, porque se nota cómo el reflector que está a la altura de las alas, pinta, con un ritmo constante, las nubes de amarillo.
Esa imagen inventó mi cabeza para siempre, después de escuchar a alguien que dijo que en el Triángulo de las Bermudas algunos aviones pueden ser succionados por el mar. No me acuerdo quién lo dijo, quizá mi papá, que era la voz a la que más creía cuando era niño. Es que era niño cuando apareció esa imagen en mi cabeza que no se fue nunca más. Y claro, ahora está más presente que nunca, si mañana voy a volar, justo por la zona donde está el Triángulo de las Bermudas. Allá por donde el Pacífico y el Caribe coquetean, me parece. Cerca del Golfo de México, tal vez. Yo solo trato de adivinar.
En otras palabras, mi presentimiento de que se estrelle el avión se manifiesta ahora de esta manera. Pero es un presentimiento típico antes de un viaje. Cuando lo voy a hacer yo o alguien que me importe. Que se estrelle un avión es poco probable, no sucede todos los días, pero sucede. Y a mi pensamiento que le encanta ponerse majadero y catastrófico, obviamente se le va a ocurrir que mañana podría estar siendo devorado por el Triángulo de las Bermudas.
Ahora sí tengo que comenzar a hacer la maleta. En doce horas ya estaré saliendo hacia el aeropuerto. Las ansias me quieren ganar, pero respiro y me acuerdo que tengo una limonada enfriándose en la refri. Qué patética redundancia. Pero ya la dije y siento el placer que produce la libertá; esto de escribir lo que uno quiera, como quiera, para quien quiera, de una manera cualquiera que provoque esta agradable sensación que no la quiero perder de ninguna manera. Wow. Salió rimado, aunque no poético esta vez. Porque así es. Dejar que fluyan las palabras al ritmo del pensamiento.
Mi maleta de mano está repleta con camisetas de Barcelona. No las he contado pero sí es una colección de casi veinte, aproximadamente. Me acuerdo que ayer fue el centenario de mi equipo, por el que no he perdido pasión, pero sí entusiasmo. No creo que signifique algo malo, sino solo una transformación en la forma de asumir en la vida a esto que significa lo más importante de lo menos importante.
Qué importantes son las camisetas, también. Ahora acabo de poner una pausa al empacar, porque comencé a hacerme un miniconflicto por las camisetas que quiero llevar a Cancún, porque siento que muchas tienen significados especiales, o solo me encantan. Entonces debato cuál debe ir en la maleta grande de bodega, propensa a perderse mil veces más que el equipaje de mano del que puedo estar pendiente y cerca en todo mi trayecto hasta México. Y no quisiera que se pierda mi maleta con una de esas camisetas que amo. Y debato cuál es menos importante que otra. Y no termino de decidir. Y decido escribir este pequeño desahogo al respecto. Pero el tiempo corre, ya es 13h11.
Ahora ya son las 17h02. Tuve que salir a comprar los chocolates ecuatorianos para regalar a amigos y amigas de varias partes de Latinoamérica con quienes voy a estar en los días que vienen. Es que me voy a un congreso de zoológicos, algo inaudito en mi vida, según los planes que -supuestamente- tenía en la vida. Tenía, claro, porque el tiempo pasa y el azar nos ubica donde quiere, no donde nosotros buscamos estar, aunque a veces parezca que podemos controlar eso que llamamos destino.
Si adoro al azar es porque me ha sorprendido agradablemente. Al menos así me siento hoy, a pocas horas de embarcarme un vuelo hacia México, donde participaré en el congreso de la Asociación Latinoamericana de Parques Zoológicos y Acuarios (ALPZA). Entre las dos mil posibilidades que pude haber imaginado alguna vez en mi vida, acerca de qué estaría haciendo o dónde me encontraría a mis 39 años, estoy seguro que no se me habría ocurrido estar en estas. Y eso me encanta, porque el azar hizo los movimientos precisos para que actualmente pueda decir que trabajo en lo que me gusta, que disfruto esta vida en la que trabajo por incontables causas, de diferentes especies, tamaños y capacidades, pero con un rasgo común entre todas: que son rescatadas. Sí, animales que viven bajo cuidado humano porque el mismo humano se encargó de provocar que no vivan donde deberían vivir. Así de contradictorios somos, pero mientras sepamos asumir nuestros errores, siempre habrá gente dispuesta a buscar formas de remediarlo.
Acabo de comerme una milanesa a caballo porque quiero irme bien comido y algo que me encanta. Como sigo pensando en la muerte, creo que si el Triángulo de las BaBermudas succiona mi vuelo a Cancún, al menos me extinguiré con la barriga llena de algo que me gusta. Además, me puse mi camiseta favorita. La que dice que Life is Happy and Sad, una obra del gran Daniel Johnston.
22h40. Se va acercando la hora de salir y el sueño comienza a adormecer la mente y el cuerpo. Ya no fluye mucho más para este texto. Falta poco para que se acabe este viernes que parecía eterno.
%2019.55.38.png)
Comentarios