Las últimas palabras
Qué importante es estar consciente de la finitud de la vida y de todas las cosas en la vida, entendiéndose cosas como un todo. Porque todo se acaba en esta vida, como relaciones, buenos y malos momentos, los días, las cenas memorables, el dinero, etcétera, etcétera.
Es importante saber que la vida se acaba, por ejemplo, para pensar en las últimas palabras que quisiéramos decir o escribir, antes de dejar de existir. Eso me inquieta más que la misma forma de morir. Pero querer no es poder en este caso, porque desconocemos cuándo nos llegará la hora, aunque existan excepciones de gente que cuenta con esa información privilegiada, porque, por ejemplo, sufren enfermedades terminales o porque se suicidan, que les permite, si lo aprovechan, preparar un mensaje de despedida hacia sus seres queridos o, quizá, algún texto que pormenorice una herencia.
Sin embargo, lo más común será siempre estar caminando en la cuerda floja, conscientes de que somos vulnerables a caer a un abismo. Claro, dominamos muy bien la técnica para no perder tan fácilmente el equilibrio de la cuerda, pero un descuido o una casualidad podría ponernos a volar hacia lo más incierto que existe en la vida: la muerte.
Estas podrían ser mis últimas palabras, si esta noche o mañana temprano el azar decide que tengo que partir para siempre. Sería una casualidad hermosa que ocurra eso, aunque al hablar de “palabras”, así de general y ambiguo, surge la duda de entender a qué palabras me refiero.
Pueden ser palabras banales y rutinarias, como las de un chat del trabajo donde aviso que viajaré en el recorrido para el personal. O pueden ser palabras reunidas en un texto pensado y estructurado para trascender de cierta manera, como podrían ser estas palabras que confluyen aquí, en una reflexión sobre las últimas palabras, o más precisamente, mis últimas palabras, antes de morir mañana (suponiendo, nomás).
Mis ojos comienzan a pesar, pero las palabras insisten en dar forma a esta reflexión sobre la que he venido pensando desde hace algún tiempo. Y acabé de decir que me inquieta más las últimas palabras que diga en la vida, antes que la forma de morir, pero en realidad, quizás, se equiparan a la manera en la que me iré de este mundo o dimensión, o a la última imagen que proyectaría hacia quienes les importo.
Me suena tan egocéntrico lo que estoy escribiendo, aunque es un egocentrismo alejado de la arrogancia. Más bien es una manifestación del hábito que tengo de colocarme en el centro de la escena de mis reflexiones cotidianas, porque intento conocerme más desde esta manera honesta de retratarme por partes, a través de fragmentos con los que procuro definir quién y cómo soy, pese a que siento que es una tarea tan inacabable como fascinante.
De todas maneras, mi egocentrismo necesita desprenderse de mí. Procuro replantearlo como una proyección mía hacia al mundo, sin pretender colocarme en posiciones supuestamente mejores o peores que otros; simplemente, busco ser visible desde muchas formas, y la palabra creo que es mi medio predilecto. Por eso me importa tanto cuáles podrían ser mis últimas palabras.
“¡¿Dónde están los hormigones?!”, grita en mi cabeza un tipo desconocido, al que me cuesta describirlo porque me asombró más la frase que dijo exaltado. Fue un pensamiento que brotó apenas en escasos cinco segundos en los que me adormecí. No entendí nada de esa escena mental fugaz, pero me surgió una posible verdad: más que la forma de morir, la imagen que deje o las últimas palabras que escriba, los pensamientos finales de la vida son más incontrolables, impredecibles e íntimos, esto último, sobre todo, porque nunca nadie sabrá las últimas palabras que el inconsciente de un moribundo exprese en las profundidades del pensamiento.
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