Noche de pelis
Quería ver otra vez Her y Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Este domingo fue perfecto para hacerlo. Activé el Amazon Prime que lo tengo con mi plan del celular, y resulta que ambas películas están en la cartelera de esa aplicación.
Tengo tantas cosas que decir de las dos películas, pero es como tener atoradas todas las ideas en una caja; revueltas, enredadas, imposible de sacarlas sin forzarlas, con el riesgo de dañarlas.
Solo siento un impulso por escribir y no acosarme con las ideas acumuladas en mi cabeza. Un impulso como el de Joel al inicio de Eterno resplandor, de cambiar la ruta del tren que le iba a llevar a su trabajo, para correr al andén contrario, que le lleva a una playa (cuyo nombre no recuerdo), donde se encuentra con Clementine.
También me siento un poco como Theodore, que en Her acostumbra a dejar fluir sus sentimientos en su cama, como lo hago yo, ahora en mi cama también, gracias a un insomnio inusual, con mi celular como mi libreta de apuntes. Él lo hace con Samantha, el sistema operativo que le acompaña desde su computadora y teléfono, del que se enamora.
En realidad, no solo me identifico por esa particularidad de la cama, sino con el personaje en sí. El Theodore que le gusta escribir; el que se divorció de quien creció con él y a quien le considera, sobre todas las cosas, una amiga imprescindible; el que encuentra un refugio emocional en un ideal materializado por la inteligencia artificial, que despierta sentimientos profundos en Theodore, hasta que la realidad desvanece toda ilusión.
Ambas películas tienen una carga nostálgica enorme, de esa que me encanta. Eso implica, obviamente, que son historias de esas que me hacen llorar sin sufrir, porque es un llanto que evoca emociones intensas, a veces indescriptibles, pero que están ahí, en la memoria, con la emotividad latente para estremecerme hasta sentir un vacío que se manifiesta internamente, a la altura del corazón.
Her me hizo pensar en lo increíble de esta era en la que vivimos. Es impresionante cómo esta película predice algo que, tal vez, ya era bastante probable proyectarlo en el año cuando se estrenó (2013), pero no deja de ser inaudito cómo la tecnología ahora, en el tiempo real, da la razón a una historia construida en un tiempo ficticio. Y a pesar de eso, es una historia de amor de ciencia ficción, una cualidad común con Eterno resplandor.
La historia de Joel y Clementine es hermosa desde donde se la mire. Puede ser a través de ambos protagonistas, tan genuinos, tan sinceros en su forma de querer, tan contradictorios como cualquier espectador. También es hermosa la forma de la historia, con esos saltos en el tiempo, con esos juegos de edición para representar lo que ocurre en la mente de Joel, con la manera en la que se despliegan los momentos más significativos de la relación que Joely y Tangerine quieren borrar de sus memorias con un sistema médico que provoca un daño cerebral, cuyo efecto más grave es olvidarse de todo lo que alimenta una nostalgia entrañable. Ahí está la ciencia ficción, que en esta película interviene como un recurso narrativo esencial, aunque después, como en Her, la realidad también la sabotea, porque la memoria prevalece sobre un sistema que borra recuerdos pero no sentimientos profundos.
Ya es 0h24. Ya es lunes, 6 de enero. En un mes cumplo treinta y nueve, y en cinco horas tengo que levantarme. Parece que el insomnio va a dar una tregua y yo siento que ya escribí lo que necesitaba escribir sobre la noche de pelis que acabo de disfrutar.
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