Día mundial contra la depresión
Tengo una pasión dormida y una pulsión latente, como muestra la foto. La pasión dormida ya se va a despertar. La nostalgia que sentí ayer por el Barce fue más que suficiente para estar dispuesto a volver a ilusionarme con ese sentimiento que lo llevo conmigo desde mis seis años.
En realidad, es nostalgia del Andrés que encontraba sentido en lo más importante de lo menos importante, como le suelen llamar al fútbol, especialmente en este equipo que tanto me ha hecho entusiasmar, sufrir, gozar, maldecir, llorar de decepción y de alegría. Es decir, una pasión que me ha hecho sentir vivo.
La pulsión latente es tan hermosa que me dio un besito el momento del selfie. No sé qué habría sido de mí estos años sin ella, sin su ternura, sin su lealtad, sin su presencia. Por eso es pulsión de vida, como alguna vez me explicó mi psicóloga, porque es algo que te sostiene, que le da sentido a tu existencia; "son impulsos que nos llevan a relacionarnos con nuestras cuestiones más vitales, y están representados por nuestras ganas de amar, de apostar a un porvenir, un futuro mejor, de armar una familia, de llevar adelante proyectos, etc.", complementa una fuente consultada.
Pero si existe luz es porque también hay oscuridad. Si existen las pulsiones de vida, también hay pulsiones de muerte. No existe lo uno sin lo otro. Nadie se libra de vivir en la oscilación inevitable entre ambas pulsiones, a diferentes ritmos, por infinitas circunstancias que hacen única a cada persona y su manera de asimilar la impredecible vida.
Supongo, entonces, que la depresión depende bastante de los niveles de intensidad de las pulsiones de vida y de muerte. Intuyo que cuando la pulsión de muerte prevalece, la depresión se está manifestando. Sin embargo, creo que estar deprimido no es una situación que encuentre consenso en la manera de manifestarse, porque las sensaciones que la producen son tan íntimas como exclusivas de la persona que las acarrea.
No pretendo hacer un ensayo al respecto. Quién soy yo para hablar de un asunto tan serio que compete a gente preparada para el tema. Solo intento expresar lo que siento frente a un fantasma que me acecha constantemente, al que muchas veces le doy cabida primero en mi cabeza, y después en todo mi ser, cuando siento que me atraviesa una tristeza estremecedora que intenta anular todo sentido posible a la existencia.
Entonces respiro profundo, mientras la desolación se hace sentir en la mente, con pensamientos melancólicos, suicidas, fantasiosos, catastróficos. Pero también se despliega en el cuerpo, con una sensación de vacío que atrapa al estómago y al corazón, para terminar desahogando todo con un llanto que alivia.
Lo más difícil es acarrear ese sentimiento cuando no estás solo, porque me avergüenza mostrarme frágil, en un mundo que ve a los débiles con una compasión que les hace sentir patéticos.
No sé si eso signifique tener depresión. Puede ser que esté exagerando. Quiero convencerme de eso, sobre todo cuando las pulsiones de vida surgen una vez más, como está ocurriendo ahora cuando escribo, otra manera de sostenerme a través de este don que he podido desarrollar y disfrutar.
Por eso me nació escribir esta breve reflexión. Porque sentí la necesidad de ponerle palabras al hecho de mirar a la depresión de frente y transparentar lo que intento entender cuando analizo si la padezco o no. Entonces vuelvo a mirar la foto del inicio, mi ojos lagrimean un poco y la emoción fluye.
Eso me dice que no he perdido la capacidad de alegrarme hasta las lágrimas por tener pasiones y pulsiones que todavía me permiten encontrar sentido a la vida. Quizá cuando desaparezca ese asombro espontáneo y honesto significará que el fantasma me atrapó para nunca más soltarme.

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